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En Zambia y Zimbabwe, los nativos de la zona informaron a reporteros de la BBC de Londres, sobre un "lagarto volador" con alas de mas de 2 mts. de envergadura y semejantes a las de los murci...

Historia:
En Zambia y Zimbabwe, los nativos de la zona informaron a reporteros de la BBC de Londres, sobre un "lagarto volador" con alas de mas de 2 mts. de envergadura y semejantes a las de los murciélagos... Su pico era largo y lleno de dientes. Lo llaman: Kongamato y le temen y respetan, ya que ataca a seres humanos, especialmente a
bebes, a quienes se lleva volando, atrapados entre sus enormes garras. La descripción de este animal encaja perfectamente con el Pterodáctilo, reptil volador que floreció en la era jurásica y que voló sobre la tierra hace 65 millones de años.
Ya en un libro de viajes publicado en 1923, Frank H. Melland narra los testimonios de varios indígenas de la región pantanosa de Jiundú, pequeño afluente del Zambeze (en el noroeste de la actual Zambia), que describieron el kongamato, una especie de reptil con alas de murciélago y un largo pico armado de feroces dientes. Cuando Melland
mostró a los nativos algunas láminas que ilustraban libros de biología, éstos identificaron inmediatamente al pterodáctilo, a la vez que se echaban a temblar murmurando "kongamato, kongamato ..."

Por otro lado, el explorador Roy Mackal pudo recopilar en el Congo numerosos testimonios referentes al mahamba, una especie de cocodrilo gigante y muy voraz que en Angola se llama lipata. La descripción de estos gigantescos reptiles recuerda a algunos naturalistas al Phobusuchus, una especie desaparecida de saurio que podía alcanzar los 16 m. de longitud.

Pero volvamos a los cuatro militares belgas que en 1959 sobrevolaban Katanga en la entonces colonia del Congo Belga (actual Zaire). A las órdenes del coronel y piloto de la aeronave, Remy van Lierde, habían despegado de la Base de Kamina en misión de reconocimiento. Y sin buscarlo, se convirtieron en testigos de otra leyenda indígena al avistar, a menos de 40 m. de altura, una inmensa serpiente de color verdoso y rosado, de vientre blanquecino, tan ancha como un hombre y de unos 14 m. de longitud, reptando entre los arbustos. Durante varios minutos pudieron contemplar al monstruoso animal, cuya cabeza triangular medía unos 80 cm. de ancho.

De no haberse tratado de cuatro militares europeos, y de no haber fotografiado al enorme animal desde el helicóptero, la monstruosa serpiente continuaría siendo una leyenda que los nativos de la zona llamaban pumina.

Evidentemente, las tradiciones y leyendas que todavía hoy narran los nativos de toda Africa deberían ser contempladas con un poco menos de pedante escepticismo por los eruditos científicos occidentales. Probablemente, tras esos pintorescos relatos llenos de matices sobrenaturales, se ocultan excitantes realidades que podrían enriquecer notablemente nuestro conocimiento de la naturaleza y de la biología. Y eso no sólo ocurre en Africa.


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