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Estos son los últimos especímenes llegados a nuestra redacción

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Luanco es tierra marinera. Quien más y quien menos sabe distinguir la multitud de especies de peces que a diario pasan por la rula local. Luanco acoge, además, el Museo Marítimo de Asturias,...

Historia:
Muchos de los ejemplares que se muestran al público llegan al centro gracias a los pescadores. Fidel Blanco es uno de esos marineros que anualmente donan decenas de peces al Museo Marítimo de Asturias, aunque los suyos sin duda se llevan la palma y vuelven loca a la bióloga del centro, Lucía Fandos.
Blanco trabaja en el arrastrero avilesino «Valdés Salas», desde cuyas redes llegan hasta Luanco especies rarísimas que a Fandos le cuesta un triunfo catalogar. Pero, por más que le den quebraderos de cabeza, la bióloga está encantada con las aportaciones que le llegan desde el «Valdés Salas». Por su laboratorio han pasado cerca de un centenar de ejemplares que cuando menos se pueden calificar de «extraños». Muchos de ellos son peces de profundidad; la experta no se atreve a calificarlos de abisales, aunque así está catalogados en internet gran parte de los ejemplares que hay en el Marítimo.
Estos peces, los que se custodian en Luanco, se pueden encontrar a una profundidad de 300 a 400 brazas (de 500 a 700 metros). Fandos muestra orgullosa un bote con un bicho muy feo que tiene cara de pocos amigos y que impondría mucho respeto sino fuera porque está conservado en formol. La bióloga lleva meses intentando clasificarlo.
Ha pedido ayuda al departamento de Biología Animal de la Universidad de Oviedo, pero nadie le pone nombre al pez. «Quizás se trate de una especie nueva», aventura. La ilusión de Fandos, por otra parte la misma que la de cualquier biólogo, es descubrir una nueva especie a la que poner nombre. Quizás esta trabajadora del Museo Marítimo de Asturias lo tenga más cerca de lo que piensa.
Junto al «sin nombre» se acumulan decenas de botes con otros ejemplares. Otro de los más preciados tesoros de Fandos son los restos de un pulpo gelatinoso gigante que le entregaron hace unos días. El mal estado de conservación y la falta de medios del centro luanquín la obligaron a deshacerse de la mayor parte de la pieza, de la que sólo conserva el pico y algunos fragmentos de tentáculo. Estos pulpos pueden llegar a medir seis metros; son unos auténticos monstruos de las profundidades.
En otro frasco duerme el sueño de los justos un pejesapo abisal, pariente del popular «pixín». No lo puede negar por su aspecto. También hay un «pez trípode», de esos que se ven en los documentales caminando por el fondo del mar, y una sepia sin especie determinada a la que la bióloga no logra ponerle apellido. «La sepia más parecida a ésta que encuentro en los libros sólo vive en el océano Pacífico», explica.
Ése es uno de los retos a los que se enfrenta Lucía Fandos para clasificar a sus pequeños compañeros de laboratorio. Cada vez que encuentra una foto de alguno de ellos en las guías especializadas o en internet se lleva una sorpresa. Bajo la foto se lee invariablemente que tal o cual especie de pez vive en los fondos marinos de Indonesia, Tailandia, Japón, Madeira, Islandia, el Atlántico Este o cualquier otro lugar del mundo a miles de kilómetros de Luanco y, por supuesto, de donde faena el arrastrero avilesino que captura la mayoría de estos peces extraños.
A las profundidades que habitan estos animales no llega ni por asomo la luz del sol, por lo que los peces han evolucionado hasta el punto de generar su propia luz. La bióloga suele explicar a los niños que se acercan al museo cómo estos animales del fondo del mar tienen puntitos de los que sale luz para así orientarse en la absoluta oscuridad abisal.
La pregunta es inmediata. ¿Qué hacen por esos lares estos peces? La respuesta es doble. Por un lado, puede ser que el dichoso cambio climático y el aumento de la temperatura del agua lleven a estos peces a cambiar de aires. La otra teoría es que las artes de pesca llegan cada vez a más profundidad y que, en realidad, esas especies siempre estuvieron ahí. Sea lo que sea, lo que nadie puede negar es que en los estantes del laboratorio de Lucía Fandos, en el Museo Marítimo de Asturias, hay peces muy, pero que muy raros.

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